Un lugar para sembrar...

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En esta sección del blog iremos compartiendo textos pequeños, cortitos, que puedan estimularnos en nuestro itinerario formativo. Queremos que sean semillas que te ayuden a hacer crecer en vos la Vida... Compartinos tus resonancias y también tus semillas.

Acá va la primera de ellas:

Una sonrisa tras el paredón
RAÚL FOLLERAU solía contar una historia emocionante: visitando una leprosería en una isla del Pacífico le sorprendió que, entre tantos rostros muertos y apagados, hubiera alguien que había conservado unos ojos claros y luminosos que aún sabían sonreír y que se iluminaba con un «gracias» cuando le ofrecían algo.
Entre tantos cadáveres ambulantes, sólo aquel hombre se conservaba humano. Cuando preguntó qué era lo que mantenía a este pobre leproso tan unido a la vida, alguien le dijo que observara su conducta por las mañanas.
Y vio que, apenas amanecía, aquel hombre acudía al patio que rodeaba la leprosería y se sentaba enfrente del alto muro de cemento que la rodeaba. Y allí esperaba. Esperaba hasta que, a media mañana, tras el muro, aparecía durante unos cuantos segundos otro rostro, una cara de mujer, vieja y arrugadita, que sonreía. Entonces el hombre comulgaba con esa sonrisa y sonreía él también. Luego el rostro de mujer desaparecía y el hombre, iluminado, tenía ya alimento para seguir soportando una nueva jornada y para esperar a que mañana regresara el rostro sonriente. Era -le explicaría después el leproso- su mujer. Cuando le arrancaron de su pueblo y le trasladaron a la leprosería, la mujer le siguió hasta el poblado más cercano. Y acudía cada mañana para continuar expresándole su amor. «Al verla cada día -comentaba el leproso- sé que todavía vivo.»
No exageraba: vivir es saberse queridos, sentirse queridos. Por eso tienen razón los psicólogos cuando dicen que los suicidas se matan cuando han llegado al convencimiento pleno de que ya nadie les querrá nunca. Porque ningún problema es verdadero y totalmente grave mientras se tenga a alguien a nuestro lado.
Por eso yo no me cansaré nunca de predicar que la soledad es la mayor de las miserias y que lo que los demás necesitan verdaderamente de nosotros no es siquiera nuestra ayuda, sino nuestro amor. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un viejo no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión de sus rarezas. El ingente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para el desocupado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo que por el trabajo le pagarán.
Y, asombrosamente, la sonrisa -que es la más barata de las ayudas- es la que más tacañeamos. Es mucho más fácil dar cien pesos a un pobre que dárselos con amor. Y es más sencillo comprarle un regalo al abuelo que ofrecerle media hora de amistad.
Dar sin amor es ofender. Lo decía con palabras tremendas, pero verdaderísimas, San Vicente de Paúl:
«Recordá que te será necesario mucho amor para que los pobres te perdonen el pan que les llevás»
Por J. L. Martín Descalzo
  • ¿Qué te parece? ¿Qué estás dando de vos?
  • Mandanos semillas que a vos te ayuden en tu verdadera formación
Viernes, 24 de Marzo de 2006 19:31

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Autor: Javier Iturrioz

Comparto una anécdota muy parecida a la que aparece en este hermoso relato que compartieron:

Un hombre de edad avanzada –cuenta un médico– vino a la guardia del hospital donde yo trabajo para hacerse curar una herida en la mano.
Tenía bastante prisa, y mientras se curaba le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer. Me dijo iba a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí.
Me contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado. Mientras acababa de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.
- No –me dijo–. Ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.
Entonces le pregunté extrañado:
- Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?
Me sonrió y dándome una palmadita en la mano me dijo:
- Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella.


Ahí va mi semilla... ¿Qué les parece?
Gracias por el BLOG. ¡Está genial!

Fecha: 04/04/2006 02:41.


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Autor: Fede! (de bahía)

Hola! Firmo acá tb!
Todavía no había leido este texto... Áspera la frase del final... Se me vienen a la cabeza todas las campañas q nos hacen sentir que estamos solidarizándonos con los q más necesitan, y golpea un poco el sentimiento de q todo eso no es más q una apariencia...
Q la solidaridad bien entendida no pasa sólo por darles el "pan" q necesitan, sino q por dar el otro "pan", el q hace q esas personas formen parte de nuestros corazones y se sientan queridas... En palabras de Don Bosco: "NO BASTA AMAR, TIENEN Q SENTIR QUE SON AMADOS"...
Y esa es una verdad que es para todos... Quién no necesita sentirse querido? Quién no necesita esa sonrisa que te alimenta para todo el día?
Viendo a mis amigos y a los guías de Infancia, a quienes de alguna forma, y desde mi juventud acompaño, me choco constantemente con situaciones donde el problema de fondo está en q no se sienten queridos como quisieran... Y sinceramente en esos casos en general no sé qué hacer, salvo pedirle a los más amigos q se expresen y q le muestren el amor q les tienen... Pero es complicado... Ya q toy acá, ¿¿¿¿alguien sabe q hacer en esos casos???? jeje!
Un abrazo enooooooooorme!
Fede!

Fecha: 07/04/2006 23:00.


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