El hermoso y terrible Mundial

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Te invitamos a leer y hacernos tu comentario del siguiente artículo sobre el mundial...

 

¡Y, una vez más, empezamos a vibrar con el mundial!

Y ya que hablamos en clave de equipos, podemos decir que ya se van armando claramente tres equipos. En primer lugar el equipo mayoritario de los “enloquecidos de la primera hora”, que ya están “enchufados” desde hace rato, ya han hecho sus apuestas, ya compraron el gorrito y desenrollaron la bandera, ya han repasado y juzgado varias veces la lista de los jugadores, y seguramente ya lo habrán condenado anticipadamente a José Pekerman, el DT de la selección, así, si perdemos, ellos tendrán la razón y podrán decir ufanos: “¡¿Vieron?, yo se los dije, ¿se acuerdan?!”, y si ganamos, lo sacarán de un plumazo y lo subirán “canonizado” a un altar lateral del “templo olímpico”, donde a escondidas irán a pedirle perdón, y al salir a la calle, ya en público dirán: “¡Yo sabía… éste era un ‘tapado’!”

El otro equipo lo forman los “no futboleros incoherentes”, formado en gran parte, aunque no exclusivamente, por las esposas y las mamás de los fanáticos, que viven despotricando durante tres años y once meses contra “estos locos” que arruinan los paseos del domingo, o le impiden ver la película que dan en el otro canal de la tele, pero que en esta circunstancias y con apenas uno o dos partidos de resistencia, y a pesar de haber jurado: “esta vez no me agarran”, sanamente claudican y se entregan al delirio, movidos primeramente por la “argentinidad” y al poco tiempo de andar el campeonato, por el amor y odio de todos y de cada uno de los equipos y de los jugadores. Que comienzan ingenuamente preguntando por el color de las camisetas de los adversarios y terminan no sólo mentando los colores sino también hasta sus familias hasta la tercera o cuarta generación.

Y el tercer equipo, gracias a Dios menos numeroso y de camiseta color negro oscuro, compuesto por los que perseveren en el “no me interesa”, “yo estoy para cosas serias”, los cuales caminarán solos por la ciudad durante los partidos, preguntándose ¿dónde está la gente?, ¿por qué no atienden en esta oficina? concluyendo con la inevitable frase: ¡¿Y así quieren que ande bien este país?!, se quedarán sin tema en las reuniones sociales y por dos o tres semanas sabrán cómo se siente un “marciano” de vacaciones por la tierra.

¡El Mundial! ¡Hermoso y terrible!

Hermoso, por lo que significa de “universalidad”. El Mundial convoca, une, nos hace sentir más familia, y es la demostración de que no sólo nos aglutinan los proyectos miserables como las guerras o nos meten a todos en una misma bolsa como el Fondo Monetario o alguna certera estadística. Creo que la humanidad ha ido aprendiendo a unirse en y a través de estos eventos y también cuando surgen causas nobles, grandes, como son la ayuda a algún pueblo o grupo de gente sacudida por alguna desgracia. Hemos mejorado en esto que Juan Pablo II llamó la “cultura de la solidaridad”.

Hermoso, porque cada país está “en pie de fiesta”, y eso hace bien, porque descansa del agobio de lo cotidiano. Por quince días once rostros “amables” producirán el milagro de hacernos olvidar la treintena de rostros “amargantes”, harán que el sueño de la victoria suavice la pesadilla de tantos fracasos. Hacer fiesta es bueno, es sabio, es hacer un paréntesis en lo rutinario y pesado de cada día y celebrar, lo cual da fuerzas para después seguir luchando.

Hermoso, porque es un entrenamiento para la vida, valioso especialmente para los niños y los jóvenes, en cuanto “ayuda al hombre a auto-disciplinarse y le enseña a colaborar con los demás dentro de un equipo, y muestra un modo de enfrentarse con los otros no desde la violencia sino de una forma noble. Al contemplarlo, los hombres se identifican con ese juego, haciendo suyo ese espíritu de colaboración, de confrontación leal con los demás”. Es interesante que los jóvenes puedan entender que se puede llegar a vivir con este espíritu del juego, en el que la libertad del juego se alimenta también de reglas y autodisciplina.

Pero el Mundial, dado como se vive hoy, es también terrible.

Terrible, por lo que implica la parafernalia, es decir el conjunto de ritos o de cosas que rodean determinados actos o ceremonias. Y tristemente hay que reconocer que estos mundiales, su “maquinaria”, es cada vez menos deportiva, menos gratuita y sobre todo menos humana en varios aspectos, porque lo que valen son los contratos, los sponsors, los medios de comunicación. Ellos son los grandes protagonistas.

Terrible, porque de a ratos los jugadores tienen algo de esclavos-gladiadores. Son para muchos, un “pretexto”, una mercancía, hombres objetos: tienen precio, pertenecen a particulares o empresas que marcan las pautas de lo que deben hacer o no, con quién hablar o no, a dónde ir o no. Valen por los botines que tienen puestos o por las entrevistas exclusivas.

Terrible, por las sumas de dinero que se mueven. Por los sueldos inmorales de algunos jugadores o técnicos, que, aunque se los perdonemos porque los queremos o son nuestros ídolos, no por eso dejan de ser ofensivos a tantos hombres y mujeres de los mismos países representados en el campeonato, que no reciben el mínimo que su dignidad humana reclama.

Terrible, por la posibilidad de hacer, como estamos acostumbrados, de un Messi u otro de los “pibes” un “superhombre” para después verlo convertirse en un “pobre hombre”.

 

Ya que el Mundial despierta sueños, pienso: ¡Qué lindo sería que al Mundial se le de un sentido solidario! Que puestos de acuerdo a todos los niveles, desde el organizativo hasta el hincha que va a la cancha, decidamos que el diez o veinte por ciento de lo recaudado se destine al país más “sufrido”, más “golpeado” en esos años, desde el último Mundial. Seguramente aliviaríamos sus penurias por un lustro por lo menos, y nosotros, ganadores y perdedores, sentiríamos una interesante “satisfacción mundial”.
No sé si es mucho pedir, me parece que sí, pero en todo caso, la visión de un mundo que vibra con el juego debiera servirnos para algo más que para entretenernos, porque si fuéramos al fondo de la cuestión, el juego podría mostrarnos una nueva forma de entender la vida.

Ángel Rossi SJ


Lunes, 12 de Junio de 2006 01:49

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